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Un saludo al Sol genocida desde la costa del Paraná, la forma de paliar el verano rosarino

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Roki Bigiolli

Especial para El Ciudadano

Prendí el celular para observar que ya habían pasado 6 horas desde que comenzó este ominoso martes de enero. Hoy tiene que ser ese gran día. Tiene que ser un día distinto, me dije mientras mateaba corto y me sacaba las lagañas con los dedos de la mano libre, la derecha. Llegaban a su fin mis jornadas de aislamiento por contraer covid y ya estaba harto de tener como única actividad el estar sentado frente a una pantalla escribiendo, así que decidí ir a pasar la mañana a orillas del río e intentar nadar un rato. El clima no le daba tregua a la ciudad; desde muy temprano la torturaba con la posibilidad de registrar calor récord y humedad a tope. Me vestí con una malla camuflada, la vieja musculosa de Sumo, medias cortas y zapatillas de lona. Puse en la mochila una toalla, un libro de la cuentista yanqui Pauline Thorazine y una botella con agua fresca. Cerré mi habitación con llave, cargué la bicicleta al hombro y descendí por la escalera que me lleva a la puerta principal de la vieja pensión en donde vivo. Ya en la vereda, dispuesto a partir, procedí a engancharme el barbijo en la muñeca, luego monté mi bicicleta de carrera y antes de arrancar maté de un sopapo el mosquito que me estaba picando una pierna, la derecha. Inmediatamente observé que una roncha de aureola púrpura colonizaba mí pantorrilla. No me gustó nada lo que veía en mi pierna pero opté por no darle demasiada importancia al asunto. La roncha inflamada no picaba, solo ardía, así que comencé a pedalear mientras escupía mi mano para limpiarme la sangre y los restos de aquel insecto estallado.

Tomé la bicisenda de avenida Francia y frente a la Facultad de Medicina decidí frenar. El entusiasmo por la salida al río y mi voluntad por mejorar los días de verano rosarino ya los había desechado en un volquete de escombros con basura colada. El calor había aumentado de manera sórdida a pesar que todavía era temprano y el sol estaba en baja posición. Pedalear me costaba cada vez más a medida que avanzaba en cuadras. Mis pensamientos se mufaban y la respiración comenzó a pesarme. En la atmósfera rosarina, una mórbida y densa cortina de humo proveniente de las islas incendiadas al otro lado del rio, descendió abruptamente y se infiltró por mis vías respiratorias llenándome los pulmones de un imperceptible y picante hollín. Ese manto de aire plomizo y corrupto, además de provocarme una convulsionada tos, me irritó la visión casi al punto de la ceguera. Inmediatamente sobrevino en mí una cadena de estornudos que me convirtió en un ser flemático despojado de toda cualidad para seguir conduciendo. Mientras tosía me masajeé con los dedos la mollera para paliar la jaqueca naciente. Como estaba a poco menos de la mitad del periplo que me llevaría a dar un chapuzón refrescante en las aguas del rio Paraná, pensé que volver a mi habitación a encerrarme no iba a ser la mejor opción. A esa altura estaba empecinado en decirle SI a la vida cuando una realidad abyecta me cacheteaba con un NO rotundo. Acometí la pedaleada hacia la rambla Catalunya, quería llegar lo antes posible.

Ya sin aliento y luego de circunvalar la usina Sorrento tuve que frenar para hidratarme por décima vez, estaba empapado en un sudor ruinoso. Si bien el agua que había cargado en mi botella era de red potable, tenía un sabor repugnante, como si hubiese drenado desde un cementerio o proviniera de una cañería primitiva, herrumbrada por el paso de los siglos y habitada por antiguos organismos que no se han revelado aún a los sentidos humanos. ¿Alguien puede decirme qué tipo de entidad maligna se ha adueñado de esta ciudad? ¿Es tu misterio, oh Belicena Villca? Volví a pedalear, ya faltaba poco para llegar, eran las 7.30 de la mañana, el sol calentaba como si fueran las 16, el tráfico automotriz iba creciendo con furia. La columna de humo proveniente de las islas había modificado su rumbo y se dirigía hacia la provincia de Entre Ríos; al retirarse nos dejaba su guadañazo en forma de bruma sucia para que sigamos respirando cenizas por un largo rato. Al fin aminoré la marcha en donde comienza el paseo de la Rambla Catalunya, bajé en la primera rampa hacia la playa. Esa playa que deja de ser terreno usurpado por los clubes y comienza a ser espacio público. A simple vista se notaba que el rio estaba bajo, caminé llevando el rodado a mi lado durante un largo trecho de arena, piedras y vegetación seca hasta lograr acercarme a unos seis pies de la orilla. Solté la bicicleta, que suavemente aterrizó sobre la arena.

La playa estaba casi vacía, miré hacia el norte y el puente Rosario-Victoria cubierto de bruma marrón oficiaba de telón como en un viejo western. A unos metros una pareja de ancianos sentados en reposeras me miraban con desconfianza detrás de sus pieles de pergaminos egipcios; un poco más alejados una decena de yoguis seguían las indicaciones de una joven profesora que los rigoreaba obligándoles a saludar a un sol genocida. Tiré la mochila al suelo. Me saqué las zapatillas y las medias, también la musculosa. Por fin iba a darme el chapuzón deseado para luego buscar un poco de sombra y leer. Al dar el primer paso hacia el agua noté que la roncha en mi pierna seguía sin picarme y ya no me ardía, pero se había hinchado tomando la forma de un bulbo morado del tamaño de una bola de metegol. Era alarmante el estado de mi pantorrilla pero ya no soportaba más el calor y seguí avanzando hacia el agua. Metí mis dos pies en la orilla y experimenté una sensación extraña al ver que se cubrían con una espuma de color verde putrefacción. Percibí cerca de mí una presencia flotante pero supuse que sólo podían ser cadáveres de peces, vaya uno a saber. No había nadie bañándose, miré hacia atrás y me pareció que la pareja de ancianos me miraban y se reían. La agrupación de yoguis seguía sin interrupción con las posturas dictadas por la joven gurú. Un yogui calvo y sin gorra intentaba realizar las posturas con movimientos torpes, daba la sensación que estaba a punto de desmayarse. Ningún compañero del grupo parecía interesarse por su padecimiento. ¡Fuck you la nueva era! Todo lo que me rodeaba me desesperaba. El sol abrasaba sin pedir permiso y los jejenes me tomaron por asalto, entonces corrí torpemente rio adentro pisando fango hasta que enterré uno de mis pies, el derecho, y caí en una zambullida. ¡Una zambullida hacia el horror y la oscuridad!

Al entrar en contacto con el agua corrupta del rio Paraná, el bulbo morado de mi pantorrilla comenzó a replicarse vertiginosamente por el resto de mi cuerpo, hasta convertirme en una bolsa de carne deforme e impura. ¡Había ingresado en una especie de mutación perversa! Traté de pedir auxilio pero al abrir mi boca ingerí un trago de pestilente agua espumosa; sentí con asco y pena como recorría mis encías y parte de ella se alojaba en el hueco de una de mis muelas enfermas provocando que se me desprendiera el resto de las piezas dentarias. Mientras escupía esas pequeñas partes de mi dentadura quebrantada, trataba de mantenerme a flote con movimientos infames, porque infame era mi cuerpo. Como mi vista seguía en perfectas condiciones, pude observar a la pareja de ancianos parados en la orilla, señalándome y riendo a carcajadas. La horda de yoguis hipnotizados con las órdenes de la gurú no reparaba en mi desgracia, ni en el calvo sin gorra que a esa altura yacía desmayado al costado de ellos. Ya nadie iba a socorrerme, la corriente iba llevándome rio abajo. Flotaba gracias a las malformaciones que me corroían y me transformaban en una especie de camalote de vísceras y tejidos viciosos arrastrados por un río maldito. En mi transcurrir desesperado veía familias bañarse al costado de desagües claocales, mientras otros sujetos arrojaban todo tipo de basura desde sus embarcaciones a la par de quienes intentaban pescar algo para comer. ¡Río maldito que quita la vida y la devuelve convertida en un delirio! De fondo una ciudad en llamas, mi ciudad prendida fuego. Calor extremo, un infierno imbécil, olor a incendio…

Abro los ojos, en la habitación huele a quemado. Salgo del sueño sofocado por el calor, mi traspiración empapa las sabanas. Veo que el ventilador no funciona. ¿Se cortó la luz? No, el velador prende. Miro el celular, son las 6 de las mañana. Se me quemó el ventilador, ¡la re puta madre que lo pario!

Fuente : El ciudadano

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