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Maxi, el último ídolo leproso, le puso punto final a su carrera con la camiseta de Newell’s

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Emotivo. Impactante. Lleno de lágrimas. Repleto de aplausos y ovaciones. Angustiante para muchos, que ya empezaron a transitar con melancolía su ausencia. Maxi Rodríguez se despidió del fútbol y describir con palabras lo vivido en el Coloso se hace difícil.

Maxi se retiró. Cuesta asimilarlo. Sus 40 años eran una señal inequívoca de un final de carrera, pero su jerarquía prolongó la despedida a punto tal que nadie pensó que el momento llegaría. Ese día, el del adiós, apareció implacable. Y entre lágrimas y angustia, el hincha entendió que debía agradecerle a la Fiera todo lo que dio por la casaca rojinegra.

Porque Maxi resignó dinero para regresar y evitar la humillación del descenso, como lo hubiera hecho cualquier hincha. Por eso el amor recíproco. Por eso la emoción cuando fue campeón en 2013. Por eso el festejo interminable en ese gol en cancha de Central a los 93 minutos para ganar un Clásico.

Por eso llorar en la noche del Coloso estaba justificado. Y el “Olé, olé, olé…Maxiiii… Maxiii…” fue un estruendo que se escuchó en todo Rosario apenas la Fiera pisó la cancha de la mano de Alma y Aitana, sus hijas. Por eso romperse las manos cuando salió a los 11 minutos del complemento era una obligación. Y vaya si hubo reconocimiento.

También hubo un partido oficial. Aunque pensar que eso era lo más importante sólo podía entrar en una mente llena de hipocresía o en un hincha carente de alma. Todos deseaban un gol de Maxi. Incluso los de Banfield no hubieran sentido tanto dolor si eso hubiese sucedido. Pero a este Newell’s no le sobra fútbol y generar chances de gol es un problema.

Lo tuvo y no pudo. Una jugada a tres toques iniciada por él, lo puso de cara al gol y Cambeses, la gran figura del encuentro, se lo impidió. Y luego hubo un tiro libre, pero esta vez no pudo mandarla a la red como frente a Central Córdoba.

Y cuando salió Maxi, a los 11, como estaba pactado, el partido careció de sentido. Newell’s volvió a ser un equipo ordinario, más preocupado por defender el cero que de hacer un gol. Y hubo poco para rescatar. No siquiera pudo anotar Belluschi de penal, sobre la hora. Tal vez si hubiera estado Maxi en cancha…

Fue empate, pero las lágrimas ganaron por goleada. Y ahí Maxi también se lució. Porque su sentir fue genuino, a corazón abierto. Y escuchar su voz entrecortada al despedirse fue un puñal para los 40 mil hinchas que apenas podían sobrevivir de la emoción. Se retiró uno de los últimos ídolos leprosos. El vacío será grande, la gloria eterna.

La previa del partido

Maximiliano Rodríguez no es un jugador cualquiera. Su exitosa carrera a nivel mundial, que incluye tres participaciones en Copas del Mundo, más de diez años en la elite europea y un retorno con título y récords en su querido Newell’s son parte de un currículum asombroso por donde se lo mire.

Pero Maxi es más que números. La Fiera es un futbolista que logró una identificación con el hincha única, de esas que sólo consiguen aquellos que juegan con el corazón, que sufren con las derrotas y disfrutan de las victorias como si estuviera en la tribuna. De esos que cumplen sus promesas y no hacen que sólo sean palabras al viento. ¿O acaso negarse a jugar en otro club de Argentina no es lo que cualquier hincha quiere de un ídolo?

Y Maxi lo hizo, como también volvió cuando entendió que el club lo necesitaba para no sufrir la humillación del descenso. Y eso que tenía contratos millonarios y mucha jerarquía para seguir en Europa, a punto tal que dos años después jugó un Mundial.

Maxi se despide. Se vació de fútbol, dejó todo lo que tenía y entendió que era el momento de decir adiós. Y lo hará con la rojinegra, como alguna vez lo prometió. Porque en estos de los amores eternos, el de la Fiera con Newell’s es tan pasional como incondicional.

Este lunes seguramente habrá lágrimas. Y muchas. Maxi transitó una semana muy emotiva, difícil de sobrellevar. “Se me hizo muy difícil desde lo emocional. Ni hablar cuando ingrese con las nenas a la cancha”, confió. Pero ese sentimiento también está en el hincha, que reventó las boleterías para que la despedida fuera a Coloso lleno. Y entre la angustia y la emoción, hay promesa de una noche inolvidable.

En medio de tanta emotividad, habrá un partido por los puntos. Esos que hoy parecen no tener tanto valor, pero que en el futuro pueden hacer falta. ¿Cómo pensar en eso sobre la despedida de Maxi? Imposible. Hasta sería injusto que el hincha no priorice despedir a unos de sus máximos ídolos sobre el hecho de ganar o perder. Al fin y al cabo, hubo tantos puntos derrochados sin sentido en estos últimos tiempos que considerar un partido con Banfield como más importante que el adiós a Maxi suena casi ridículo.

Alguna vez, allá por noviembre de 1999, Maxi cumplió su sueño de debutar con la casaca rojinegra. Luego, en 2002, se fue a Europa pero se hizo una promesa de regresar. Alguna vez, en 2012, peleó para que Liverpool lo liberara para venir a luchar por mantener a Newell’s en Primera. Lo logró y fue campeón, y cumplió con su sueño. Alguna vez, en junio de 2017 se tuvo que ir a Peñarol, porque necesitaba oxigenarse en medio de tantos conflictos internos, aunque al año y medio regresó, porque no podía retirarse con otra camiseta que no fuera la de sus amores.

El fútbol argentino lo recordará siempre por aquel golazo a México en el Mundial de Alemania, o por el penal a Holanda con pasaje a la final en Brasil 2014. Él seguramente disfrutará más de aquel grito agónico en cancha de Central para ganar un clásico a los 93 minutos, con un gol digno de un cuento futbolero.

Se va Maxi, en realidad deja la cancha. Se despide de la pelota, a esa que trató tan bien, con tanto cariño. Pero no se va de Newell’s, porque nadie se olvida de su primer amor.

Fuente : El ciudadano

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