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Europa, entre la ‘guerra pequeña’ y la ‘guerra grande’

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¿Extenderá el Kremlin su presencia militar en Ucrania en nombre de irrenunciables intereses rusos? Intentando responder a la pregunta, las administraciones occidentales analizan las rutas de hipotéticos despliegues bélicos desde la frontera rusa. Puede que los eventuales movimientos de tropas sean elementos para animar el diálogo entre el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y su homólogo ruso, Vladímir Putin. También puede que las flechas en los mapas adelanten capítulos bélicos más intensos. O ambas cosas a la vez.

Con virulencia oscilante, la guerra es una realidad en Ucrania desde 2014, cuando Rusia se anexionó la península de Crimea y apoyó a los separatistas de las regiones de Lugansk y Donetsk. Lo que hoy está en juego es el paso a una etapa cualitativa más peligrosa, donde se produciría el choque frontal entre las ambiciones territoriales de Moscú, por una parte, y la capacidad de Kiev para defender al Estado surgido hace 30 años.

El futuro dependerá de cómo se combinen las líneas rojas que los dirigentes de Rusia, Ucrania, EE UU y Europa se marcan a sí mismos y tratan de imponer a los demás. Como jugadores de una electrizante partida de cartas, los políticos implicados perciben el juego de modos diferentes. Por su experiencia vital y su formación como oficial del Servicio de Seguridad del Estado (KGB) de la URSS, Putin parece el más habituado a correr riesgos (en momentos oportunamente calculados y aprovechando errores ajenos) para resolver tareas de su interés. Su comportamiento dependerá de cómo perciba la relación entre costes (humanos, económicos, políticos) y beneficios (seguridad, autoridad, territorio), resultante de una nueva expansión.

Aunque la región del Donbás lleva casi ocho años escindida por las trincheras, con el tiempo se han producido cambios importantes, entre ellos la metamorfosis del líder bielorruso, Alexandr Lukashenko, que —en nombre de su propia supervivencia como anacrónico señor feudal— ha pasado de perfilarse como mediador y anfitrión para el diálogo de los contendientes a convertirse en el primer aliado de la política rusa de anexión. En 2020, tras la represión que siguió a los comicios presidenciales en Bielorrusia, Lukashenko perdió su margen de maniobra este-oeste y recientemente ha aceptado la invitación de Putin a visitar Crimea y a reconocer esa península como un activo ruso.

Las posibilidades de reintegrar pacíficamente el este de Ucrania al control de Kiev se han complicado, en parte por la torpeza de los dirigentes ucranios, que en 2017 aislaron los territorios separatistas y prácticamente lanzaron a los residentes de esas regiones a los brazos de Rusia. Moscú les ha dado una nueva perspectiva al repartir pasaportes y convertirlos así en razón para legitimar una eventual “defensa de los ciudadanos rusos” en Ucrania.

Ante los riesgos, Occidente debe decidir (no solo con palabras) si considera a Ucrania como uno de sus miembros (con independencia de que esté en la OTAN) o la ve solo como un espacio de contención frente a una Rusia resentida y militarista. Los líderes de Ucrania (con su buena o mala gestión del Estado) influyen en sus colegas occidentales, que pueden elegir entre implicarse a fondo, limitarse a gestos retóricos o mirar hacia otra parte y dejarse tentar por los negocios con Rusia. La pequeña guerra del Donbás y la anexión de Crimea tienen además un valor especial para grandes observadores como China y Turquía, que contemplan la política de Moscú a través del prisma de sus propios intereses.

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Con su esfera de influencia en el Pacífico como referente, Pekín es benevolente con Rusia en Crimea. Turquía, por su parte, busca un nuevo liderazgo en los espacios del antiguo imperio otomano y sus zonas de influencia, lo que incluye Crimea, que fue un kanato [territorio bajo un jefe tártaro] vasallo del sultán, antes de que Catalina II conquistara la península en 1783.

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Fuente el Pais

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