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Amigos, familiares y cientos de lectores con sus libros despiden a Almudena Grandes

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No eran las 11.00 de la mañana y en el cementerio civil de la Almudena de Madrid ya ondeaban algunos libros como banderas. A las 12.00 estaba previsto que llegara el cuerpo de Almudena Grandes (que falleció el pasado sábado a los 61 años) acompañado de su familia. Pero mucho antes, por los alrededores del nicho que la escritora había reservado hacía tiempo, ya se apostaban los lectores, los amigos, los colegas… Todos los que se han quedado huérfanos de sus palabras.

Poco antes apareció el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y una nutrida representación del ejecutivo, con la vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, y las ministras María Jesús Montero e Irene Montero, además del secretario general de Comisiones Obreras, Unai Sordo. Todos ellos se unieron en las primeras filas al poeta Luis García Montero, su viudo y los tres hijos de ambos.

El poeta y marido de Almudena Grandes, Luis García Montero (camisa roja), asiste, junto a sus hijos, al entierro de la escritora. Detrás, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
El poeta y marido de Almudena Grandes, Luis García Montero (camisa roja), asiste, junto a sus hijos, al entierro de la escritora. Detrás, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
FERNANDO VILLAR (EFE)

Los abrigaba una multitud que previamente había ido leyendo párrafos de sus obras al azar. Se sucedían los aplausos desperdigados por áreas entre los nichos de un espacio en el que descansan escritores, suicidas, tres presidentes de la República, miembros fundadores de la Institución Libre de Enseñanza. A todos ellos se une ahora la escritora madrileña, que trato de dignificar el lugar de los derrotados y vivió éxito y gloria en vida sin elevarse, pegada a la tierra.

Almudena Grandes sabía ampliar las dimensiones más pequeñas de lo cotidiano, pero también conocía la importancia de los símbolos. Seguramente imaginó que en su entierro algunos portarían la bandera republicana y otros bufandas del Atlético de Madrid, el club de sus amores. No fallaron. Como tampoco faltaron cánticos y consignas. De Grândola, Vila Morena, himno de la revolución portuguesa, a La Internacional, quien se quisiera unir a unos sones u otros, hubo para todos. Hasta un Padre Nuestro, rezado a pie de tumba, que ella hubiera celebrado dentro de una liturgia en la que primaban los abrazos.

Una mujer con un libro de Almudena Grandes y una bandera del Atlético de Madrid (el equipo de la escritora), asiste al entierro.
Una mujer con un libro de Almudena Grandes y una bandera del Atlético de Madrid (el equipo de la escritora), asiste al entierro.Jesús Hellín (Europa Press)

Antes de que García Montero depositara un libro de poemas en su féretro, Ana Belén leyó Una falda de plátanos, un relato de la escritora en el que describía la dificultad de encajar ciertas piezas en la mirada de una niña. Ya pronto, Almudena Grandes había comprendido que el progreso no es una línea recta. Y que el hecho de ver a una mujer desnuda sobre un escenario escandalizaba más a generaciones más jóvenes que las de su abuela.

Ella se aplicó con arte a acelerar el redescubrimiento de la modernidad y muchos así se lo han reconocido al tiempo que otros, sin cesar se lo echarán en cara. La tristeza disminuyó más tarde, cuando desde los altavoces sonaba Noche de bodas, su canción favorita de Joaquín Sabina a dúo con Chavela Vargas. El cantante lo escuchaba sentado, roto por el dolor de una despedida demasiado temprana.

Fuente el Pais

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