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España

Teoría sincera del chiringuito hispano

Chiringuito. Qué palabra, qué ecos de González Ruano allí, en Cadaqués, en su Mediterráneo moral cuando iba curándose las heridas del tiempo y de la época y dando sus mejores prosas. Porque la palabra chiringuito tiene sabor de playa, olor a fritanga y un jaleo de platos que salen y de comandas que entran en un pandemonio donde gana siempre el dueño sin saber qué se ha consumido, con resaca de sangría y con despiporre y bronca a la hora de las propinas. También en la política es así, como un puesto sin relevancia, como agradecimiento a los servicios prestados, una canonjía con recursos públicos o privados desde la que no hacer nada, rascarse el bolo, y acordarse de fichar bien al salir. Y que tampoco suene mucho su existencia, no sea que al ciudadano le de por curiosear y acabemos jodiendo el Perú y retornando al INEM sin vuelta atrás. A Toni Cantó lo anda asateando ahora el PSOE madridí por la Oficina del Español que le ha encomendado Ayuso. Convengamos en que es un cargo raro, pero que también ha estado en el programa electoral de los socialistas para la Capital. Y eso porque la industria de Madrid no es el marisco de Sanlúcar, ni la textil de Arteixo, ni la de los astilleros del Norte: la industria de Madrid es el idioma y así está esa Real Academia muerta de risa, esa Casa Natal de Cervantes con pizzerías 'mancas y lepantas'. Por eso, para vestir lo de Ayuso/Cantó como «chiringuito», y si hacemos caso a la nomenclatura de la izquierda, hay que tener en cuenta otras variables que pueden arrojar luz general sobre el panorama del susodicho chiringuito, quintaesencia de la política española que Berlanga trató casi documentalmente. Veamos, pues, el caso del PSOE: en el Sur, la sacrosanta Fundación Alfonso Perales funcionó como un 'think thank' socialista con la matraca del federalismo y el sempiterno clan de Los Gazules. Y todas aquellas otras instituciones con director y administrativo hipotensos, con cargo al erario, que iban de la mano de la Junta de Andalucía y cuyo cometido se desconocía (y era conveniente que así fuera). Como la Agencia Andaluza del Flamenco, despachito para Bibiana Aído, que fue derivando a un Centro Andaluz del Flamenco cuyo representante cobró sin saber de qué bulería le estaban hablando por mor de tener carnet. Y todo eso, mientras se larvaba esa simbiosis inevitable a todos entre partido (PSOE) e institución (Junta). Aviso a navegantes. Porque los chiringuitos son consustanciales a la política, y ahí está el sanchismo, desvelado en másteres vacuos y repartiendo Paradores, Correos y demás asuntillos públicos a consortes, cómplices o incómodos a los que jubilar con honor. Quiero decir que la utilidad de fundaciones como la Pablo Iglesias, la Largo Caballero, la Gabriel Alomar, todas ellas socialistas, son de una utilidad social demostradísima. O cómo olvidarnos aquí de la Fundación Sistema, la de Pepefé Tezanos, que anda ahí 'cisgoneando' la realidad a beneficio de Sánchez y «sin ánimo de lucro» según sus estatutos. Chiringuitos los habrá siempre a diestra y a siniestra. Como el pisito que le ponían al querido, a la querida. Es un quiste prometeico que aleja las marejadas intercongresuales y pone paz y después gloria en el partido (y a los del partido). Quien los probó, lo sabe.Fuente : ABC Diario

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