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Política

Errores no forzados, negociaciones y horas tensas: el detrás de escena de la Semana Santa de 1987

Los sucesos de la rebelión de los Carapintadas fue algo que el ex presidente Raúl Alfonsín no esperaba. Quienes formaron parte de su Gabinete en esos años no tenían en el tintero que el enojo pudiera ser tanto dentro de las fuerzas armadas. Hay quienes directamente apuntan al ministro de Defensa de ese entonces, Horacio Jauranera, quien fue la persona que le transmitió a Alfonsín que todo estaba bajo control, lo que motivó que el funcionario fuera a pasar el fin de semana a su Chascomús natal.

La historia es luego conocida, en el medio de la tensión creciente, el ex presidente tuvo que tomar un helicóptero para volver cuanto antes a la Ciudad para estar en el centro de la escena. Fueron pocas horas las que Alfonsín estuvo en la ciudad bonaerense. Salió el miércoles por la noche y el jueves siguiente ya estaba de regreso.

Semana Santa de 1987: a 34 años, la historia del primer el levantamiento carapintada

Pero las desinformaciones no terminaron con la falta de previsión sobre lo que sucedía. Una vez en la Casa Rosada, al ex presidente le remarcaron que el levantamiento carapintada estaba focalizado en la provincia de Córdoba y que no había riesgo de que se extendiera. Es más, en ese momento le extendieron informes sobre quien está comandando el levantamiento en dicha provincia, el ex militar condenado a prisión perpetua por más de 500 delitos de lesa humanidad, Ernesto Barreiro.

Fueron los propios uniformados de trato diario con Alfonsín los que le dijeron que si bien el mencionado militar tenía problemas de liderazgo, su postura generaba una fuerte simpatía en el resto de las Fuerzas Armadas. Bareriro estaba recluido en un cuartel como consecuencia de los delitos de lesa humanidad que había cometido.

En las inmediaciones del regimiento que alojaba a Barreiro, los amotinados comenzaron a pintarse las caras con betún y desplegaron armamentos en los patios. La noticia era ya inocultable y se diseminaba por las agencias de noticias, radio y televisión.

En ese contexto, Alfonsín volvió a tomar una decisión con el mismo criterio que tuvo para encarar el juicio a las Juntas Militares. “Era lo correcto”, les dijo a sus colaboradores cuando diseñaron la respuesta. Era simple, remarcar que se trataba de una serie de hechos que buscaban atentar contra la democracia. No por nada convocaron de urgencia al publicista que había trabajado codo a codo durante la campaña presidencial, David Ratto, para que diseñe una campaña.

El mensaje era sencillo. Estaban en juego los valores democráticos. Ese fue, según recuerdan, el único acierto que tuvo el ex presidente en el medio del conflicto en el cual además confluyeron fuertes internas dentro del Gobierno y a su vez en la UCR. Una de las más recordadas es el rol que jugó el entonces intendente de San Isidro, Melchor Posse, que quería el cargo de Jaunarena.

El impacto del mensaje y la postura del Gobierno fue tal de que en pocas horas se sumaron declaraciones de apoyo de varios líderes mundiales. Ronald Reagan, François Mitterrand, Giulio Andreotti, Felipe González, Andrea Papandreu, Shimon Peres, Alan García, Julio María Sanguinetti, José Sarney y hasta Fidel Castro. Sin embargo, aun con la presión internacional de su lado y con la sociedad movilizada a su favor, no alcanzaba para apaciguar la situación.

Es que ese mismo día, el ex presidente entendería de primera mano los motivos por los cuales en las Fuerzas Armadas, pero en las bases y no exclusivamente en las cúpulas, había un fuerte malestar.

En su primer discurso, Alfonsín dijo que era un alzamiento contra la democracia y prometió no hacer concesiones ni “negociar el igualitario sometimiento de todos los ciudadanos, con o sin uniforme, a los dictados de la ley”.

“Se pretende por esta vía imponer al poder constitucional una legislación que consagre la impunidad de quienes se hallan condenados o procesados en conexión con violaciones de derechos humanos cometidas durante la pasada dictadura. No podemos en modo alguno aceptar un intento extorsivo de esta naturaleza. Nos lo impide la ética, nos lo impide nuestra conciencia democrática, las normas constitucionales, así como las que rigen a las Fuerzas Armadas basadas en la disciplina. También nos lo impide la historia de la que los argentinos hemos extraído una clara enseñanza ceder a ningún planteamiento semejante sólo significaría poner en juego el destino de la nación. Entonces aquí no hay nada que negociar. La democracia de los argentinos no se negocia. Se terminó para siempre el tiempo de los golpes, pero también se termina el tiempo de las presiones los pronunciamientos y los planteos”, sostuvo el presidente.

Las horas siguientes fueron de una vorágine tremenda. En la Casa Rosada llegaban información de todos los destacamentos remarcando que la situación poco a poco iba a en escalada, lo que sorprendía a Alfonsín, ya que la presión estaba de su lado contra el levantamiento. Pero no alcanzaba.

Luego llegaría el apoyo del sector renovador del peronismo con el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Antonio Cafiero, a la cabeza. Y una foto que quedó en la retina de todos los argentinos con un discurso cuyo final tuvo el mismo impacto. “La Casa está en orden, Felices Pascuas”, aseguró Alfonsín.

De la cartita de Cafiero a Alfonsín durante la cumbre final con Rico, a la reacción del resto del peronismo

Lo que es poco conocido es que ahí mismo, y no por la presión de otros levantamientos, Alfonsín tuvo una charla que terminó en la creación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Fue un dialogo con el capitán Gustavo Breide Obeid que el periodista Juan Robledo transcribió en su libro “Felices Pascuas”.

Cuando se estaba retirando, Obeid se acerco al presidente y le dijo: "Señor presidente, comprenda usted nuestra situación. Nos llevaron a la guerra contra la subversión, convenciéndonos de que defendíamos a la sociedad contra una agresión. Tuvimos que librar así una lucha para la que no estábamos preparados, nos hicieron hacer cosas que nunca habríamos imaginado como militares, argumentando que defendíamos a nuestras familias. Nos llevaron a la guerra de Malvinas en pésimas condiciones materiales y sin planeamiento adecuado. Después de aguantar el frío, los bombardeos y la prisión inglesa, fuimos traídos de vuelta y escondidos como si fuéramos delincuentes. Después de eso, no defendieron la dignidad del Ejército ni hicieron las reformas que pedíamos”.

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