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España

Begoña, limpiadora en el Chuac: «Desinfectamos hasta el techo»

Por la puerta de urgencias del Complejo Hospitalario Universitario de La Coruña entró, el 4 de marzo de 2020, el primer paciente Covid diagnosticado en Galicia. Le siguieron miles. Echando la vista atrás, los trabajadores de este centro reconocen que este desfile incesante que ya dura más de un año ha dejado una huella difícil de olvidar. Los médicos lo vivieron en primera línea de fuego, al igual que el personal de enfermería. Pero no fueron los únicos combatientes contra el virus dentro de este complejo engranaje. Técnicos, conductores de ambulancias, celadores, cocineros, personal de farmacia y limpiadores también echaron el resto en la primera, la segunda, y la tercera ola de la enfermedad. Begoña, adscrita al servicio de limpieza de este hospital desde el 2006 y encargada de la desinfección de urgencias junto a otras tres compañeras más, se confiesa en una conversación con ABC. «Estábamos preparados y conocíamos los protocolos en casos de aislamiento de contacto, de bacterias… pero de este bicho no se sabía nada», introduce.

Durante esas primeras semanas de epidemia y contagios masivos, en las urgencias de todos los hospitales del país se trabajó de una forma precaria e improvisada que ella todavía tiene grabada. No había equipos de protección individual ni batas impermeables, así que «nos poníamos unas quirúrgicas». Con las mascarillas, más de lo mismo. «Te tenían que durar toda la mañana, pero las humedecíamos enseguida. Y había que justificar mucho los cambios porque estaban contadas», explica. Sin embargo, la falta de medios de los primeros impasses de la crisis del coronavirus, que obligaba a activar a cada paso un exhaustivo protocolo de limpieza que Begoña ya ha integrado como parte de su día a día, no es su peor recuerdo. «Lo peor —no olvida— era la presión a la que estábamos sometidos». Esa tensión por preparar las salas entre la salida de un paciente y la entrada del siguiente fue máxima durante los picos de la enfermedad y no dio lugar a respiros entre el personal de limpieza. «No andábamos, corríamos. Cada vez que en rayos entraba un paciente con un probable Covid lo teníamos que tratar como un positivo y hacer el protocolo de pe a pa. Vestirte, triple guante, bata, gorro, calzas, superficies por orden, limpieza de manillas, incluso de techos, de paredes… y sin perder un segundo porque sabes que hay otra persona esperando para usar la misma sala. Eso era lo que más estresaba», detalla sobre unas jornadas que llegaron a ser, literalmente, maratonianas.

«Volvía a casa llorando»
Siete horas en un servicio de urgencias en plena pandemia son muy intensas. En el caso del área de limpieza suponen decenas de entradas en salas que deben ser desinfectadas sin fallos: «De mí depende que una persona que entra con una cosa no salga con la otra», resume Begoña. «Allí aguantaba el tirón, pero muchos días he vuelto a casa llorando, para desahogarme. A nivel físico fue todo lo duro lo que te puedas imaginar, pero a nivel psíquico el desgaste fue tremendo», asegura. Más allá de la labor para la que están preparados, estos operarios tuvieron que acostumbrarse a días en los que llegaban a ingresar treinta, cuarenta o cincuenta enfermos Covid, y a que algunos de ellos no volviesen a salir. «Y eso lo llevamos dentro. Pienso en esas primeras semanas… la familia no podía entrar y salían a avisarlos a las puertas generales exteriores de urgencias, a decirles que acaba de ocurrir y que lo sentían mucho. No poder despedirte de tu ser querido, saber que lo mandan para una nevera, y que no lo vuelves a ver…».

El personal del hospital se convirtió en la única compañía de muchos de los contagiados que entraban en la más absoluta soledad y que «continuamente buscaban nuestra mano, nuestra mirada, agarrarnos…». En el itinerario que Begoña recorría cada mañana estaban las salas de rayos y algunos pasillos administrativos. Después, debía limpiar lo que se conoce como la sala VIP («donde la gente está para despedirse») y, si se daba el caso, incluso los ascensores que bajan al sótano del hospital, donde se depositan los cuerpos de los fallecidos. Aunque no llegó a contagiarse y recibió la vacuna de Pfizer ya el pasado enero, coincidiendo con la primera campaña de vacunación del personal más expuesto, Begoña no se ha librado del miedo. Ella tiene un hijo inmunodeprimido y algunas compañeras que acabaron contrayendo la enfermedad e incluso tuvieron que ser ingresadas por los problemas respiratorios asociados al virus.

Por eso, cuando en el hospital comprueba que sigue habiendo quien no usa la mascarilla correctamente o incluso se queja de lo incómoda que resulta, reacciona. «Que se imaginen lo que es trabajar toda la mañana con dos —actualmente llevan una máscara FFP2 y una quirúrgica por encima para protegerla de salpicaduras—. Hay que dejarse de tonterías y olvidarse un poco de este egoísmo porque todavía tenemos que tener la guardia alta», aconseja marcada por una experiencia que le cambió la vida y que «nunca olvidaré». «Son sentimientos enfrentados, como cuando la gente salía a aplaudir todos las tardes a las 8… nos reconfortaba, pero a veces también pensaba que mucho aplaudir para después salir a la calle y hacerlo todo mal», lamenta.

De talante optimista y extremadamente exigente, hablar con Begoña implica, paradójicamente, un chute de energía. «Yo hago las cosas lo mejor que puedo porque hoy hay un hombre en esa camilla pero mañana puedo ser yo, o un ser querido». Y con esa mentalidad lleva meses renunciado al tiempo de descanso que le corresponde en su jornada diaria, para que ningún retraso dependa de ella. Ese optimismo la lleva a hablar de la luz al final del túnel que empieza a intuir, aunque mantiene la vista puesta en los efectos de una Semana Santa imprevisible en cuanto al aumento de nuevos casos. «Ya nos pasó con la tercera ola, nos hundimos, nos vinimos abajo porque sentimos que esto no se iba a acabar nunca, pero estamos mejor que en la mayoría de los sitios y en eso confío». Mañana, igual que el resto de lunes desde que un virus lo trastocó todo, Begoña se levantará para trabajar pensando en «cuántos casos tendremos hoy» hasta que, reconoce, ya no haya que presenciar «más muertes».Fuente : ABC Diario

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