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Política

Se acabó el momento de los discursos: abrir las escuelas para soñar con un futuro para la Argentina

El 2021 tiene que ser el año en que aprendemos a vivir con la Pandemia entre nosotros, cuidándonos, vacunándonos y educándonos.

La necesidad de contar con las escuelas abiertas se sustenta en dos niveles diferentes de lo que debe hacerse en un momento de emergencia como éste: el de las políticas educativas y el de las señales que emite el Estado hacia la sociedad.

El nivel más visible es el de las políticas públicas educativas concretas. Somos uno de los pocos países que no tuvo clases presenciales durante el 2020. En todo el mundo se construyeron diferentes protocolos para clases en las aulas, que se fueron mejorando con la experiencia cotidiana. En la Argentina las autoridades educativas nacionales todavía no mostraron ninguno, diez meses después de haber empezado la Pandemia.

¿Por qué es importante reabrir las aulas? Porque la escuela es muchísimo más que la trasmisión de contenidos educativos. En términos de desarrollo individual para cada estudiante, es el lugar en el que se relaciona con niños y adolescentes diferentes; en él aprende a vincularse con otros adultos, a asumir obligaciones, y a convivir con normas bien diferentes a las de su casa. La socialización en el marco de la escuela es fundamental para su autonomía personal y para su salud mental y afectiva.

En términos de bienestar colectivo, los colegios organizan la vida familiar alrededor de una rutina diaria y generan un espacio en el que las diferencias de origen pueden mitigarse. Todo lo contrario de lo que pasó con las escuelas cerradas: una minoría tuvo clases sincrónicas y los niños y adolescentes de los sectores populares aprendieron muchos menos contenidos, tuvieron menos vínculo con sus pares y sus docentes y poco nulo acompañamiento.

El otro nivel al que referimos es a la capacidad que tiene el Estado en el mundo contemporáneo de señalar lo que debe valorarse socialmente. Sobre esto mismo el gobierno nacional organizó una controversia en la opinión pública a mitad del año pasado, al criticar que los porteños pudieran salir a correr en los parques. Se admitía que el atletismo no genera un problema epidemiológico pero se enfatizaba que no debería estar habilitado porque emitía indicaciones públicas “negativas”. Por eso hoy debemos preguntarles a esos mismos funcionarios: si las playas, los casinos y los shoppings están abiertos y las escuelas están cerradas, ¿cuál es el mensaje que manda el Estado?

Deben poder combinarse diferentes modalidades de presencialidad, tomando las experiencias internacionales y salir de la bochornosa renuncia de un Estado impotente que en el ámbito educativo su única respuesta a la Pandemia fue cerrar completamente las escuelas. Un Estado que admite que no puede diseñar distintas estrategias para diferentes momentos epidemiológicos, cuidando a los estudiantes y los docentes, es un Estado débil, que castiga a los más vulnerables.

Los hoteles, los bingos y los restaurantes, por mencionar algunos ejemplos, tienen diferentes protocolos adaptados a distintas fases epidemiológicas, condiciones edilicias y el lugar en el que se encuentran. Todo el esfuerzo del Estado debe estar en que las escuelas deben tener lo mismo teniendo en cuenta éstas y otras variables y debe ser lo último que se cierra, al revés de lo que sucedió el año pasado.

Las señales tienen que ser contundentes. Tenemos que poner a la educación como prioridad. Priorizar que los chicos estén en las aulas, priorizar el reconocimiento económico y simbólico del trabajo docente y priorizar la atención a los sectores vulnerables que fueron expulsados del sistema educativo. Nos jugamos el futuro de la Argentina.

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