Se quebró las dos piernas en un accidente y a los 29 años busca debutar en la Superliga: la historia del cordobés Diego Núñez

No es una decisión fácil, pero miles de chicos la toman: se van de su casa. Dejan todo atrás por el fútbol, para triunfar.

Agarran un bolso, se suben a un colectivo y llegan una mañana a Buenos Aires tras un largo viaje de 700 kilómetros y 10 horas. Pero el viaje recién arranca.

Todo eso vivió Diego Núñez , cuando a los 15 años abandonó barrio Argüello, a su papá Roqué, a su mamá Olga y a sus ocho hermanos para recaer en las inferiores de Argentinos Juniors.

Antes, había arrancado en la cantera del club de barrio, Argentino Peñarol , y pasado también por Racing de Nueva Italia. Lo llevaron a una prueba y quedó. Era un enganche prometedor. Con mucho potrero, gambeta, gol.

Allí, mientras aún vivía en Córdoba, pudo conocer lo que era el sacrificio cuando acompañaba a su papá a la obra, donde trabajaba (y trabaja) como albañil.

En eso pensaba a la noche, cuando no lograba dormir en una fría pensión que tenía el club de La Paternal: en el esfuerzo que estaba haciendo su viejo y su hermano Cristian que cada día trabajaban en la construcción. Por ellos seguía.

Pero todo ese sacrificio de entrenamientos, partidos, viajes, pareció ser en vano cuando en Argentinos le dijeron a Diego que se tenía que ir, que le daban el pase, que estaba libre.

Había llegado hasta la Reserva, después de siete años en el club, y también entrenado un par de veces con la Primera, pero el sueño se esfumó de un plumazo. Se iba sin haber debutado en Primera del Bicho.

Hubo que agarrar ese mismo bolso y, con 21 años, fichó en Flandria, puro ascenso porteño, en la B Metro.

Había que “sobrevivir” entre las patadas y en canchas casi tan bravas como las de la Liga Cordobesa. Había que empezar de cero, otra vez.

Volver a nacer

La madrugada del 17 de septiembre de 2011, el nombre y apellido de Diego Núñez no salió en la parte de deportes del diario sino en policiales.

A las siete de la mañana, mientras regresaba de un boliche con tres amigos, el WV Passat en que se trasladaban, perdió el control y se llevaron por delante una rotonda de la calle Alsina, en el acceso a Jáuregui. Y también un árbol.

Los cuatro ocupantes (entre los que estaba Alex Martín Necchi, por entonces juvenil de Flandria) fueron despedidos del vehículo, trasladados al Hospital Municipal y Diego se llevó la peor parte: estuvo grave, inconsciente, se temió por su vida y él, cuando abrió los ojos, temió por su futuro como jugador.

Ese mismo que tambaleaba tras dejar Argentinos y fichar en Flandria. Estaba arrancando de abajo y sufrió el golpe más duro de su vida.

En ese siniestro vial se fracturó la tibia y peroné en una pierna. Y el peroné en la otra. Le esperaba una larga recuperación y pronósticos desalentadores sobre si podría volver a jugar. También el enojo de quien era en ese entonces DT de Flandria: Sergio Rondina, personaje clave en su vida. Decisivo.

“En estos momentos estoy en el hospital junto a ambos. Núñez está enyesado desde el tobillo a la ingle. Da bronca porque es un jugador profesional y debe saber cómo comportarse. Mientras que Necchi es menor de edad y hay cosas que debe aprender. Afortunadamente todos están fuera de peligro”, contó Rondina en aquel momento triste, en una nota con diario Olé.

El mismo Rondina, como la vida, supo darle más oportunidades a Diego.

“Hubo momentos muy jodidos, donde uno tiene ganas de tirar todo, de abandonar. Me quise volver a Córdoba. La pasé realmente muy mal. Tuve un accidente de auto donde me fracturé las dos piernas. Ahí se te cruzan un montón de cosas. Me dijeron que me iba a costar volver a jugar. Pasé por muchas circunstancias: estar en silla de ruedas, postrados en una cama, después en muletas, una larga rehabilitación. Mi familia me hizo fuerte, estuvo ahí, no me dejó bajar los brazos. Yo internamente sabía que iba a poder volver… Justo al año volví a jugar y hoy por hoy gracias a Dios estoy donde estoy porque nunca bajé los brazos. Fue una gran lección. Hoy entiendo que no haber bajado los brazos y continuar tuvo su premio. Y le debo mucho a Sergio Rondina, que siempre creyó y confió en mí. Él me conoce y sabe lo que le puedo rendir. Estoy muy agradecido a él”, dice hoy Diego, cuando ya pasó lo peor. Cuando puede sonreír.

La recuperación tras el accidente tuvo momentos de desolación y decidió estar más cerca de Córdoba para reencontrarse con su fútbol.

Fichó en Morteros para jugar por seis meses el Torneo Federal B, en Tiro Federal, en 2013.

Y sería Rondina, quien se encontraba como entrenador de Villa Dálmine, quien volvió a tocar a su puerta.

Allá fue Diego en 2014. Se hizo un nombre en el Viola, ascendió y disputó la Primera B Nacional. Su carrera dio un salto hacia arriba.

“Me fue bien en Dálmine. Ascendimos, jugué B Nacional. Y he ido a jugar a Córdoba contra Instituto, sin que la gente supiera que uno es de Córdoba. Estaba mi familia en la tribuna. Son cosas especiales, que se disfrutan”.

Luego de tres años en Dálmine, recibió la propuesta para jugar en San Miguel, en la B Metro. Muchos creyeron que su historia dentro del fútbol iba en descenso, se diluía.

Allí fue clave el empuje de su hermano Cristian, que en Córdoba supo destacarse en Argentino Peñarol como un enganche con mucho gol en la Liga Cordobesa.

El mayor de los Núñez no pudo elegir en su adolescencia: tuvo que ir a trabajar a la obra.

Diego tiene como referente a su hermano y sabe que mucho de lo que es, se lo debe a quien fuera uno de sus guías, un referente para el fútbol y la vida.

“Esto que te voy a decir es verdad: mi hermano Cristian era mejor que yo. Pero tuvo que ir a trabajar con mi viejo y no se le pudo dar. No tuvo esa suerte que quizá tuve yo. Pero podría haber llegado lejos con el fútbol. Ahora juega en la UCFA, tuvo algunas lesiones. Pero es un crack. Para mi es mi ídolo, lo admiro mucho. Yo sé el esfuerzo que hacía de ir a la obra y después ir a entrenar. Lo hacía por amor al fútbol. Mi felicidad hoy también es la de él, somos muy pegados. Él se hubiera merecido estar donde yo estoy hoy”.

“¡Fantasma! ¿Qué te puedo decir? Muchas cosas se me cruzan por la cabeza, lo feliz que estoy y estamos toda la familia. Si habremos estado en las malas y pensar que nos dijeron que no sabían si ibas a seguir jugando por el accidente. Un año y medio tardó esa recuperación y seguiste, le metiste, nunca bajaste los brazos. Volviste con la pelotita en los pies y después de tanto sacrificio y mucho esfuerzo, se te dio. Sé lo que estás sintiendo y me alegro mucho por tus logros. Se te dio, crack. Siempre vas a ser mi ídolo a pesar de que te enseñé muchas cosas jajaja. Lo mejor para lo que viene. Éxitos hermano”, le escribió Cristian en Facebook apenas se conoció que firmó su contrato con Arsenal de Sarandí.

Luego de dos años en San Miguel, otra vez fue Rondina quien se acordó de ese Núñez que había dirigido en Flandria y Dálmine.

Y “el Huevo” pensó que ese jugador podría estar en Primera, en la Superliga, a sus 29 años, en el equipo recientemente ascendido, para dar una mano.

El llamado dejó helado a Diego.

-Diego, te quiero acá en Arsenal, para jugar la Superliga. Voy a hacer todo para que vengas.

-Donde vos estés, voy, Sergio. Espero que pueda darse. No sé como agradecer.

-Jugando, Diego. Jugando…

El diálogo telefónico, muy similar a esa reconstrucción, se plasmó en un contrato que Núñez firmó sintiendo que todo ese esfuerzo, ese larguísimo camino que empezó a transitar cuando llegó con 15 años a Buenos Aires, estaba teniendo sus frutos: de San Miguel, en la B Metro, a la Superliga.

Sí, un sueño impensado. Un milagro futbolero.

Así, un cordobés que estuvo a punto de abandonar el fútbol por un accidente, con sus dos piernas quebradas, podría debutar en Primera División a los 29 años.

“Fue una locura, una alegría enorme, mucha emoción cuando me llamó Sergio. Es un sueño de toda una vida y uno trata de disfrutarlo. Como dice esa canción, tarda en llegar y al final hay recompensa… Ahora me toca ponerme bien físicamente, porque llegué sobre el cierre de la pretemporada. Y esperar una oportunidad, estar listo si el técnico me necesita. El fútbol siempre te puede dar una oportunidad y quiero aprovecharla, ahora en Primera. Esto es otro mundo, otra realidad. Y no me olvido de muchos de mis compañeros en el ascenso que hoy no tienen club. Está jodida la mano. Por suerte me tocó esta chance y no la quiero desperdiciar”.

Diego habla y se emociona. Nombra a su hijo Itiel de nueve meses, que “vino con el pan bajo el brazo”. A su señora Valeria. A la familia que formó en Buenos Aires y la que lo banca desde Argüello, en Córdoba. Todos ellos no le permitieron abandonar.

Cuando en la TV pasen un partido de Arsenal de Sarandí , fíjese si no juega un tal Diego Núñez.

Es cordobés. Y protagonista de un viaje que recién arranca. Que lo llevó desde muy abajo, hasta la Superliga.

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En Villa Dálmine, donde Núñez dejó un grato recuerdo.
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En Villa Dálmine, donde Núñez dejó un grato recuerdo.
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