Domingos por colectora.

Eran los comienzos de los 90´, conjuntito de gimnasia azul con rallas blancas en los costados y los años felices, quizás  los años distorsionados. Aquellos tiempos en que idealizábamos la adolescencia, donde la idea de ir al secundario y mirar televisión hasta tarde parecían la mayor manifestación de libertad existente hasta el momento.

Sabia como era mi casa, diseñaba mi personalidad diagramando posibles estereotipos de mi mismo, me escuchaba diciendo cosas interesantes y con al menos un viaje a Europa en el bolsillo. Mi imaginación a lo largo de toda mi vida se ha encargado de dejar  huellas muy bien definidas.

Los días transcurrían pero los años eran siempre los mismos, creías que tus viejos siempre serian igual y que la gente con canas ya nacía así. La ingenuidad de no saber casi nada y así poder disfrutar de casi todo, sentirnos felices y contenidos para años más tarde enterarnos que aquellos días eran el comienzo de una separación o que la plata no alcanzaba. Cuando éramos chicos un auto y una mesa valían lo mismo.

Las imaginaciones frecuentes Vivían entre nosotros. Me vi llegando apurado muchas veces a mi casa con urgencia de estudiar, llevaba mochila azul, la escuela era mi prioridad y en los ojos de mi familia había esperanza sobre mi futuro. Cuando llegue a los dieciséis tuve mochila azul pero las urgencias pasaban por otro lado, la única importancia de la escuela era sociabilizar con alguien fuera de mi habitad familiar y eran muy pocos los que seguían teniendo ese destello de esperanza futura.  

Todo esto puedo o no ser cierto, así lo recuerdo o así lo necesito recordar. Sin embargo mientras los días transcurren no somos capaces de interpretar el todo del asunto, quizás esa sea la importancia del tiempo y siempre todo lo descubramos tarde. Son infinitas las situaciones donde si hubiésemos sabido el contexto hubiésemos doblado para el otro lado.

Haría una encuesta para saber cuál es el promedio de las expectativas cumplidas, cuántos de todos nosotros vivimos ese mundo que imaginamos a los diez o quince años, si la no realización es frustrante o una buena noticia. Cómo saber si lo que somos fue alguna versión de nuestros primeros años o simplemente un proyecto que se nos fue de las manos.

Ante la duda me rodeo de insignificantes cosas que aparecen en toda la línea de tiempo, tomo mates, sigo imaginando, voy a Zaratustra. Experimento sensaciones de otros años, me volví una máquina de hacer preguntas y censuro respuestas. Los domingos a la tarde, cuando todo esto se maximiza me refugio en la esperanza de que los años futuros me muestre el contexto del presente y de esa manera descubrir que todo esto valía la pena, que viajar por colectora fue una buena decisión.

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