Colectivo urbano

Viajo en colectivo para ver lo que no quiero ser, para no terminar yendo al centro una vez a la semana como única distracción posible de la rutina.  Para no andar por la vida con el bigote y el pelo desarreglado,  para que mi parte más desbastada no se devoré al microemprendimiento de ideas que vive dentro de mí.

Viajo en colectivo para saciar mi curiosidad, para no quedarme a vivir en el mundo que me rodea,  quizás para compararme con las limitaciones de otros tantos pasajeros. A lo mejor solo para no caminar.

Me tomo el colectivo esperando sentirme parte de la ciudad al cruzarme con alguien tomando mate,  en cada parada se renuevan las historias y el 136 es lo más cerca que vivo del barrio, de las juntadas en la esquina y los amigos de siempre.

Me escapo de caras que no puedo borrar, de sensaciones que no logro describir completamente, de las obligaciones y a veces de mismo.

Me alejo de los detalles para intentar ver el todo, para no quedarme  en la pintura y poder tener otra perspectiva de mi lugar en el mundo.

Viajo en colectivo hasta llegar a mis miedos, y estando lejos de casa  descubro que mis preocupaciones pasan por el café instantáneo y las horas que no pude dormir.

A lo mejor me gusta viajar en los urbanos para sentir que mis ideas giran, quizás porque  tenga miedo de perderte o porque siempre encuentro un pasado que viaja conmigo. Algunos colectivos esconden voluntad.

Atravesar la ciudad en bondi es pasear por un recorte de la realidad, el 101 y el 142 pueden llevarte a recorrer dos ciudades distintas. Siempre que subimos sube con nosotros la posibilidad de encontrarnos con alguien conocido. Las horas de colectivo no son necesariamente tiempo perdido.

Nadie puede esconderse de uno mismo mientras viaja en colectivo.

 

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