El marxismo continúa ganando la batalla cultural. ¿Cómo se explica?

Jean-Paul Sartre ha escrito que el marxismo todo lo impregna. A pesar de los estrepitosos fracasos, de la pobreza y la miseria que generó y genera, y de las horrendas matanzas y espeluznantes hambrunas que ha causado, a pesar de todo esto, sus preceptos medulares siguen en pie y con variadas etiquetas se lo sigue aceptando.

Un buen número de intelectuales se dejaron seducir por el marxismo que recién abandonaron una vez que comprobaron de primera mano los desastres irreversibles que produce. Hoy se suele renegar de la etiqueta marxista, pero se adoptan y suscriben buena parte de sus recetas, lo cual está presente en aulas universitarias, en círculos sindicales, en medios periodísticos, en ámbitos empresarios, en iglesias, en organismos internacionales financiados por gobiernos, en un número nada despreciable de los libros publicados. Incluso hay quienes se proclaman abiertamente anti-marxistas pero incorporan sus principios.

Ha habido y hay fervientes revisionistas que objetan distintos aspectos del marxismo pero vuelven una y otra vez a sus ejes centrales. Aparecen marxistas edulcorados que rechazan enfáticamente la violencia sin percatarse que está en la naturaleza de todo régimen totalitario el uso sistemático de la fuerza al efecto de torcer voluntades que pretenden operar en direcciones distintas a las impuestas por los mandones de turno.

También ha habido casos de extraordinarios escritores que han demostrado gran disgusto por todo tipo de abusos de poder, pero muy paradójicamente se han declarado comunistas, como es el caso de León Tolstoi, especialmente en sus trabajos menos conocidos pero muy sustanciosos, a diferencia de Fiódor Dostoievski, quien recibió influencias bienhechoras de los dos profesionales rusos becados en la cátedra de Adam Smith. Debido al sistema de privilegios que lo rodeaba, Tolstoi consideraba que la institución de la propiedad privada provenía del otorgamiento de prebendas. Tolstoi, a diferencia de Dostoievski, no se interiorizó del rol de la propiedad privada como esencialísimo al efecto de asignarla en las manos más eficientes para atender las demandas de la gente a través del sistema de ganancias y pérdidas.

En el tercer capítulo del Manifiesto Comunista escrito en 1848 por Marx y Engels se consigna el aspecto central de su tesis: «Pueden sin duda los comunistas resumir toda su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada». Si no hay propiedad privada, no hay precios, ergo, no hay posibilidad de contabilidad, evaluación de proyectos o cálculo económico. Por tanto, no existen guías para asignar eficientemente los siempre escasos recursos y, consecuentemente, no es posible conocer en qué grado se consume capital. Conviene enfatizar que los daños se producen en la medida en que se afecte la propiedad sin necesidad de abolirla.

A este enjambre crucial imposible de resolver dentro del sistema se agrega el historicismo inherente al marxismo, contradictorio por cierto, puesto que si las cosas son inexorables, no habría necesidad de ayudarlas con revoluciones de ninguna especie. También es contradictorio su materialismo dialéctico que sostiene que todas las ideas derivan de las estructuras puramente materiales en procesos hegelianos de tesis, antítesis y síntesis, ya que, entonces, en rigor, no tiene sentido elaborar las ideas sustentadas por el marxismo.

Esta dialéctica hegeliana aplicada a las relaciones de producción pretende dar sustento al proceso de lucha de clases. En este contexto Marx fundó su teoría del polilogismo, es decir, que la clase burguesa tiene una estructura lógica diferente de la de la clase proletaria, aunque nunca explicó en qué consistían las ilaciones lógicas distintas ni cómo se modificaban cuando un proletario se ganaba la lotería ni cuando un burgués es arruinado, y en qué consiste la estructura lógica de un hijo de un proletario y una burguesa.

Las contradicciones son aún mayores si se toman los tres pronósticos más sonados de Marx. En primer lugar, que la revolución comunista se originaría en el núcleo de los países con mayor desarrollo capitalista y, en cambio, tuvo lugar en la Rusia zarista. En segundo término, que las revoluciones comunistas aparecerían en las familias obreras, cuando todas surgieron en el seno de intelectuales-burgueses. Por último, pronosticó que la propiedad estaría cada vez más concentrada en pocas manos y solamente las sociedades por acciones produjeron una dispersión colosal de la propiedad tal como en un contexto más amplio hoy explican autores como Anthony de Jasay cuando critican a Thomas Piketty.

En este muy apretado resumen periodístico, cabe mencionar que la visión errada de Marx respecto a la teoría del valor-trabajo dio lugar a la noción de la plusvalía. Aquella concepción sostenía que el trabajo genera valor sin percatarse que las cosas se las produce (se las trabaja) porque se les asigna valor y no tienen valor por el mero hecho de acumular esfuerzos (por más que se haya querido disimular el fiasco con aquella expresión hueca del «trabajo socialmente necesario»).

En el primer libro que Marx y Engels escribieron juntos, publicado en 1845, La sagrada familia. Crítica de la crítica crítica, aluden a estudios realizados por Bruno Bauer y sus hermanos Edgar y Egbert. La obra contiene muchas aristas pero la que ahora subrayo es el materialismo de Marx (determinismo físico según la terminología popperiana), ya puesto en evidencia en su tesis doctoral sobre Demócrito.

Lenin era más sagaz que sus maestros, ya que nunca creyó que el llamado proletariado podía dirigir y mucho menos gobernar una revolución (ni en ninguna circunstancia). Por eso escribió lo que aparece en el quinto tomo de sus obras completas: «No es el proletariado sino la intelligentsia burguesa: el socialismo contemporáneo ha nacido en las cabezas de miembros individuales de esta clase». Por esto también es que Paul Johnson, en su Historia del mundo moderno, destaca: «Lenin nunca visitó una fábrica ni pisó una granja».

Curiosa es en verdad la noción de los marxistas sobre la división del trabajo: Marx y Engels consignan en La ideología alemana: «En una sociedad comunista, en la que nadie tenga una esfera exclusiva de actividad sino que cada uno pueda formarse en cualquier sector que desee, la sociedad regula la producción general y por tanto me hace posible hacer hoy una cosa y mañana otra, cazar por la mañana, pescar por la tarde, criar ganado al atardecer, criticar después de cenar, como me apetezca, sin convertirme nunca en cazador, pescador, pastor o crítico».

A pesar de esta visión idílica, la violencia está indisolublemente atada al marxismo. Por esto es que en el antedicho Manifiesto comunista declara: «No pueden alcanzar los objetivos más que destruyendo por la violencia el antiguo orden social». Por esto es que Marx, en Las luchas de clases en Francia, en 1850 y al año siguiente, en 18 de Brumario, condena enfáticamente las propuestas de establecer socialismos voluntarios como islotes en el contexto de una sociedad abierta. Por eso es que Engles también condena a los que consideran a la violencia sistemática como algo inconveniente, tal como ocurrió, por ejemplo, en el caso de Eugen Dühring, por lo que Engels escribió El Antidühring, en donde subraya el «alto vuelo moral y espiritual» de la violencia.

Lo dicho no va en desmedro de la conjetura respecto a la honestidad intelectual de Marx en cuanto a que su tesis de la plusvalía y la consiguiente explotación no la reivindicó una vez aparecida la teoría subjetiva del valor expuesta por Carl Menger en 1870, que echaba por tierra con la teoría del valor-trabajo marxista. Por ello es que después de publicado el primer tomo de El capital, en 1867, no publicó más sobre el tema, a pesar de que tenía redactados los otros dos tomos de esa obra tal como nos informa Engels en la introducción al segundo tomo, veinte años después de la muerte de Marx y treinta después de la aparición del primer tomo. A pesar de contar con 49 años de edad cuando publicó el primer tomo y a pesar de ser un escritor muy prolífico, se abstuvo de publicar sobre el tema central de su tesis de la explotación y solo publicó dos trabajos adicionales: sobre el programa Gotha y el folleto sobre la comuna de París.

Parte de la tesis de esta nota estriba en que, mal que les pese a «los progres» y a los «fachos», la manía de identificar una postura intelectual por la localización geográfica de derecha e izquierda presenta una falsa disyuntiva.

La representación más fuerte de las derechas está constituida por el nazi-fascismo. En los hechos, Adolf Hitler tomó cuatro pilares del marxismo: la teoría de la explotación, el ataque a la propiedad, el antiindividualismo y la teoría del polilogismo. Por su parte, Benito Mussolini fue secretario del Círculo Socialista y colaboró asiduamente en el periódico Avenire del Lavoratore, órgano del movimiento socialista, época en que sus lecturas favoritas incluían a Georges Sorel, Piotr Kropotkin y la dupla Marx-Engels. Luego fue colaborador del diario Il Popolo y director de Avanti. Tal como consigna Gregorio De Yurre en Totalitarismo y egolatría: «Era la figura más destacada y representativa del ala izquierdista del marxismo italiano».

En realidad, tanto los nazis como los fascistas, al permitir el registro de la propiedad de jure pero manejada de facto por el gobierno, lanzan un poderoso anzuelo para penetrar de contrabando y más profundamente con el colectivismo respecto del marxismo que, abiertamente, no permite la propiedad, ni siquiera nominalmente.

Entre los autores que han enfatizado las similitudes y los parentescos de la izquierda y la derecha se destaca nítidamente Jean-François Revel, quien en La gran mascarada apunta: «No se puede entender la discusión sobre el parentesco entre el nazismo y el comunismo si se pierde de vista que no solo se parecen por sus consecuencias criminales sino también por sus orígenes ideológicos. Son primos hermanos intelectuales».

Tengamos muy presente lo que señala el ex marxista Bernard-Henri Lévy en su Barbarism with a Human Face: «Aplíquese marxismo a cualquier país que se quiera y siempre se encontrará un Gulag al final». Respecto de la social democracia de Eduard Bernstein conviene subrayar que, a pesar de su revisionismo respecto de Marx, insiste en el redistribucionismo que significa reasignar factores productivos desde las áreas preferidas por los consumidores hacia las deseadas por los aparatos estatales, con lo que el consiguiente derroche de capital reduce salarios e ingresos en términos reales. La actual quiebra de los llamados «sistemas de seguridad social» coactivos en distintas partes del mundo, los desplantes del sindicalismo compulsivo, la maraña y el caos fiscal son el resultado de la antedicha visión, que termina empobreciendo a quienes se dice que se desea proteger y la destrucción del derecho a manos del pseudoderecho, son algunos de los resabios marxistas.

Es de interés remontarse a Marx y tomar su noción de ideología como algo enmascarado, un engaño que oculta otros intereses, por ende, en este contexto, se trata de algo falso que encubre intenciones espurias. En esta línea argumental, toda cultura sería ideológica excepto la marxista, que sería transideológica. En un sentido más amplio y de acepción más generalizada, un ideólogo es aquel que profesa un sistema cerrado, terminado e inexpugnable. En otros términos, lo contrario al liberalismo, que por definición está abierto a un proceso de constante evolución.

Es así que, en definitiva, la tesis marxista, crítica de la ideología y de la religión («el opio de los pueblos»), se convierte en una ideología y en una caricatura de religión con dogmas, creencias y ortodoxias no susceptibles de revisarse, y los que han pretendido alguna oposición han sido condenados severamente como herejes. Una propuesta cerrada y terminada que debe tomarse en bloque.

En todo caso, es pertinente detectar la conexión entre ideología y violencia, puesto que el peligro es enorme de cazas de brujas cuando se considera que se posee la verdad absoluta y se busca el poder. El adagio latino lo explica: Ubi dubium ibi libertas (donde no hay dudas, no hay libertad, puesto que se sabe a ciencia cierta dónde dirigirse, sin necesidad de sopesar alternativas ni decisiones).

Es muy fácil para el ideólogo deslizarse hacia el uso de la fuerza «para bien de la humanidad», aun destrozando las libertades del hombre concreto. Si está todo dicho y es la verdad absoluta, hay una tentación para imponerla y excomulgar a los no creyentes. Son seres apocalípticos que pretenden rehacer la naturaleza humana y a su paso dejan un tendal de cadáveres. Son «redentores» que aniquilan todo lo que tenga visos de humano. Son militantes (esa palabreja espantosa que usan algunos desprevenidos) que obedecen ciegamente los dictados de sus dogmas y consignas tenebrosas.

El autor es Doctor en Economía y también es Doctor en Ciencias de Dirección, preside la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires y es miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.

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