Infobae Docs: testimonios de tres “buscadores”, los hijos adoptados que luchan por su verdadera identidad

“Hay tres millones de personas que están en la búsqueda de su identidad. El 10% son cinco o seis canchas de River llenas. Es mucha gente. Somos muchos”. La figura funciona. Es un repertorio al que recurre Daniel para dimensionar su causa y la de esos otros que le ayudarían a colmar sesenta veces la capacidad del Estadio Monumental. Con ese confrontación estadística denuncia la escasez de recursos y herramientas para garantizar el derecho a la identidad.

Pero ahora Daniel está solo, sentado en el living de su casa de Castelar. Su hija Carmela duerme, la gata se detuvo a contemplar la serenidad del oeste, su esposa y sus otros dos hijos no están. En una mesa negra sólo hay una foto con contorno blanco, que manipula con delicadeza. Están su padre y él, de tan solo un mes, en el puerto de Mar del Plata. Pero hay un relato oculto en la foto. Eran las primeras vacaciones en mucho tiempo de sus padres. Se vivía el invierno atlántico de 1975. Daniel había nacido el 7 de mayo y por entonces debía tener menos de dos meses de vida. Algo le hacía sospechar que era un hijo adoptado.

“Lo sentía desde chico, buscaba la foto de mi mamá embarazada y no había, veía las fotos de cuando había nacido y no me daban las fechas que mis papás me habían dado. Cuando fui papá me di cuenta que estaba en lo cierto, porque al manipular un bebé te das cuenta si tiene uno, dos o siete meses”. Sus padres murieron sin saber que hoy su hijo está buscando a sus otros padres. “Ellos nunca me dijeron quién era. Mi mamá falleció cuando tenía doce años y mi papá murió en 2003, hace ya quince años. Con mi mamá nunca lo charlé porque se me fue antes, pero de ella siempre percibí una profunda tristeza. Hoy intuyo que en el fondo quería contármelo y que no tuvimos tiempo. Y con mi papá tampoco lo hablé porque, a pesar de ser una persona muy buena, era muy débil espiritualmente y no lo quería hacer pasar por esa situación”.

Con sus padres muertos y la incertidumbre viva, fue una mujer quien se compadeció. “Un día, una vecina y amiga de mi mamá que había tenido un problema de salud muy grande en el que casi pierde la vida, me llama y me dice que necesitaba contarme algo. Ella tenía miedo de morir sin que yo lo supiera. Me confesó que sabía que yo era adoptado, que mi mamá biológica era muy chica, que mi papá era una persona muy grande”.

Mi nombre es Daniel Bevilacqua, tengo 43 años. Vivo en Castelar, provincia de Buenos Aires, y estoy en la búsqueda de mi identidad biológica

Otra vecina y amiga de su mamá, le dio más nitidez a su biografía. “En mi documento figura que nací el 7 de mayo de 1975 y ella me confirmó que había nacido el 18 de febrero de ese mismo año. Eso confirma mi sospecha: en las fotos en las que supuestamente tenía un mes, en realidad tenía seis. Se acuerda porque llegué a mi casa dos días después, el 20 de febrero, justo el día de su cumpleaños. Me contó que nací en el Hospital Piñero, que mi mamá, que era enfermera, que nunca había trabajado ahí pero tenía amigos: uno era el director y otra una jefa en lo que antes era neonatología”.

Daniel reconstruye el rompecabezas de su identidad con las confesiones y las hipótesis. Sabe que antes las partidas de nacimiento se hacían directamente en los hospitales, recuerda que sus padres le contaron que habían viajado a Misiones años anteriores a que naciera y conoce casos de parturientas del Litoral que vinieron a parir a Capital Federal. Alguien le contó que pudo haber sido fruto de una relación extramatrimonial entre una mujer joven que temía la condena social de una ciudad y un adulto mayor con recursos para derivar a ese hijo prohibido. “Lo acepto como algo romántico. Quizá era lo que había que decir en ese momento para ocultar otra cosa. Pero como no tiene sentido engancharme en algo que no sé, prefiero aferrarme a esto que me dijeron. Suena bien”.

“En mi caso, me gustaría saber más si tengo hermanos que si viven mis papás biológicos. Yo ya tuve papás y fueron geniales, fueron los mejores papás que pude tener. Esa parte la tengo completa”. Los busca de manera independiente, sin obsesión. Entiende que su identidad es un derecho que el Estado debe proveer. “Siento necesidad por saber quién soy, de dónde vengo y por qué soy como soy. Ojalá se dé, sino no pasa nada. Mi vida la hice y fui muy feliz. Lo que venga será un bonus, un plus”.

Daniel hace cuatro años que desconfiguró su historia. “No tengo que ser cabeza dura porque ya no soy más de tauro, ahora soy de acuario. Pero no sé cómo ser de acuario”. Ahora festeja su cumpleaños cada 18 de febrero: tuvo 39 años desde el 7 de mayo de 2013 hasta el 18 de febrero de 2014. Una decisión que lo involucra en la lucha por su identidad, como un somnífero contra la tiranía del confort. “Cambiar mi fecha de cumpleaños fue significativo. Fue como plantar una bandera: a partir de ahora yo soy éste“.

Daniel es un “buscador“, un término acuñado por semejantes que define a las personas que están buscando sus raíces. Fernando fue un “buscador”. Es una de las historias de angustias, miedos, mentiras, sin guiones ni libretos que se completan. Un caso inspirador para el resto: Fernando es un hijo de cuatro papás que no entiende de rencores o remordimiento.

Soy Fernando Edén, tengo 45 años. Vivo en Capital Federal y tras 17 años pude dar con mis padres biológicos

“Mi infancia fue linda, fui hijo único de mis papás de crianza. Me crié en el barrio de Boedo, en Capital Federal. Con el paso del tiempo me empecé a dar cuenta que eran demasiados grandes para ser mis papás. Una vez estaba en séptimo grado. Me acuerdo que me había olvidado unos materiales y un compañerito me dice: ‘Fer, afuera está tu abuela. Te trajo los útiles’. Me hizo tanto ruido eso. A los trece años tuve una discusión con mi mamá y le dije enojado que seguro era adoptado. Ella y mi madrina me lo negaron. Pensé que simplemente me habían tenido de grande. Hasta que a los 19 años tuve una discusión fea con mi papá y una especie de revelación. Suena medio místico pero es así. Se lo terminé sacando por mentira verdad. Esto fue la madrugada del 23 de noviembre de 1993. Le dije a mi mamá: ‘Papá ya me dijo la verdad’. ‘¿Qué verdad?’. ‘Que soy adoptado’. Y me dice… ‘¿Cuándo te lo dijo?’. Fueron segundos eternos. Me di cuenta que había destapado una olla gigante”.

En esa olla había un nuevo día de cumpleaños, un eventual sentimiento de traición, un pacto de silencio familiar, una nueva dimensión en su vida. “Necesitaba saber cuál era mi sangre, la etnia de la que provenía, el por qué no estaba con quienes me trajeron al mundo. Me agobiaba no saber mi prehistoria“. Fernando tenía miedo que sus padres biológicos ya no estuvieran vivos. Y recibía de parte de sus padre adoptivos, solo mensajes de angustia: “No fue bien visto por mi familia de crianza. Ellos me decían: ‘Si nosotros te queremos, te dimos todo, somos tu familia’. Yo jamás dije lo contrario, simplemente quería saber mis raíces, la verdad y los porqué”. La búsqueda se convirtió en una obsesión. “Sentía una presión fuerte y sumado a la incertidumbre viví una ensalada de sentimientos. Tuve crisis de angustia, de depresión. Esto empezó a fines del ’93: pasaron 17 años hasta que pude resolver mi identidad“. En 2007 perdió su trabajo y decidió abocarse a la búsqueda de su identidad biológica.

Mediante el Ministerio del Interior, consiguió un listado de parturientas de enero del ’73 en el viejo hospital San Juan Bautista donde había nacido. Sus tías le habían dicho que esa documentación se había perdido, por un incendio o por una inundación, nunca fue homogénea la mentira. Estaba, en esa hoja y mezclado en otros nacimientos, el nombre de su madre biológica. “Tenía más de 80 posibles madres: taché a las que tuvieron hijas, taché a los que no coincidían con mi peso de nacimiento. De ese gigantesco listado de madres que había parido, había unas 35 que eran acordes a mi historia”.

Nombra a Mercedes Yáñez como una eminencia. Desde su oficina en el registro civil de la calle Uruguay, ilumina el camino de los buscadores. Lo dotó de consejos sobre cómo proceder y dónde investigar. “Seguí su consejo: fui al registro civil de Catamarca y pedí los libros de los bebés asentados entre 1973 y 1974. Iba tachando a los matrimonios que habían hecho el asentamiento de cada nacimiento. Fui achicando ese listado y me quedaron cinco de esas 35 posibles madres que no habían anotado a su bebé”. En simultáneo, convocó a otros tres “buscadores” para presentarse en el diario El Ancasti de Catamarca. La nota de sus historias mereció la tapa.

Su causa cobró sentido la madrugada del 10 de noviembre de 2010. Él estaba por volverse a Tucumán, donde trabajaba, cuando le llegó un mensaje privado de Facebook. Era una persona que instada por su padre, le decía que lo querían conocer. Estaban a cinco cuadras de distancia, pero era tarde. La cita se postergó hasta la mañana siguiente. “Cuando voy a su casa, él estaba en el fondo. Me hizo pasar su mujer actual. Lo veo paradito ahí… Lo que más uno ansía es reconocerse en los rasgos y eso fue lo que más me impactó, su mirada. Los dos nos emocionamos. Fue mágico, fue muy lindo. Es una persona muy buena, muy noble. Una de las madrugadas en que nos quedamos hablando hasta tarde, me dijo: ‘Usted sacó mi corazón’. Fue de las cosas más lindas que me han dicho“.

Le preguntó por su mamá biológica. Su nombre, característico, estaba entre las cinco madres que sobrevivían del listado de parturientas. Fernando ya sentía que había completado su historia. Ese mismo día conoció a su madre biológica. “Ella llegó a las cinco de la tarde… No fue tan fluido como fue con mi papá. Es una señora, en base a su crianza, muy cerrada. No la juzgo. No fui el único hijo que había entregado. Al verla lo primero que hice fue agradecerle la vida y que no me haya abortado”. Cuando la fue a ver a su casa, a los pocos días, ella le señaló un recorte periodístico que guardaba dentro de una biblia: era un cocinero español que iba a dar una charla en Catamarca. “‘Yo pensaba que éste era usted’, me dijo. El cocinero tenía descendencia española como mi papá biológico. Era su forma de tenerme en el recuerdo”.

Cuando los encontré, fue como estar en el aire. Los busqué durante 17 años. Necesitaba sacarme esta mochila”, recuerda Fernando. El hallazgo de su verdadera identidad le salvó la vida. Y no hay metáfora en esta consigna. “Cuando conocí a la familia biológica del lado de mi papá, había una tía que tenía un problema de tiroides severo porque le habían detectado nódulos avanzados. Esta mujer me dio una alerta. Me hago ver mis tiroides. Me palpan y encuentran un nódulo. Tenía hipotiroidismo, algo que nunca me hubiera imaginado. Ese nódulo resultó ser maligno. Pude frenar ese proceso. Había encontrado a la vez mi origen y mi salvación“.

“La identidad viene por añadidura, con un moñito de regalo, pero a nosotros no”. Fernando completó su historia. Durante su búsqueda, compuso un tema que en el estribillo repite “¿por qué estoy, de dónde vengo, quién dibujó mi frontera, cómo estás, pensás en mí, rocé o no tus manos o tu pecho, quiénes me han hecho de carne y hueso, y por qué no puedo salir del laberinto?”.

Mi nombre es Laura Marina Muñiz, tengo 38 años. Vivo en Merlo, San Luis, y estoy buscando mi identidad biológica

A Laura la identidad tampoco le vino envuelta con un moño. Se hace ahora las mismas preguntas que Fernando canta. Fue encontrada en un ascensor de la calle Solís con quemaduras de tercer grado en su espalda. La adoptaron en Casa Cuna con nueve meses de vida. Sus padres adoptivos le confesaron que era adoptada cuando cumplió cinco años. La quemadura en su espalda fue hecha con una plancha. Tiene dos teorías: accidente doméstico o una marca para encontrarla. “Estaría bueno creer que lo hicieron para después buscarme, pero también es feo saber que te hayan marcado por desesperación”.

Su búsqueda comenzó a principios de siglo. Leyó un artículo en una revista en la que la nieta recuperada Victoria Ruiz Dameri buscaba a su hermana Laura, nacida en 1980 y dada en adopción en Casa Cuna. Los datos coincidían: “Mi cabeza hizo un click. Pensé que podía ser yo esa Laura. Me acerqué a Abuelas de Plaza de Mayo para hacerme un análisis de ADN con Victoria. Me lo hice y me dio negativo. Pero eso fue lo que me despertó en la búsqueda, esa fue la puntita de este gran ovillo”.

Le tuvo que comentar a sus padres que estaba en la búsqueda de su identidad biológica. La respuesta fue de desazón. “Cuando se lo dije, mi mamá se largó a llorar y mi papá me preguntó: ‘¿Qué cosa hicimos mal para que quieras buscarlos?’. Indirectamente creyeron que me iban a perder. Hace unas semanas, mi papá me reconoció lo que pensaba: ‘Entiendo que vos tenés derecho a buscar tu identidad, a saber si tenés a tus padres vivos, a saber si tenés hermanos, pero a mí el miedo a perderte nadie me lo quita‘. Les expliqué: ‘Papá y mamá son ustedes, pero yo necesito completar mi historia, saber de dónde vengo'”.

Laura está convencida que tiene dos hermanos o dos hermanas. No sabe explicarlo. Hay una fuerza mística que la guía en esta búsqueda, un ardor que conquista la razón desde ese recóndito espacio que llaman “el fondo del corazón”. Ella siente que proviene del norte del país. “Mi cara tiene rasgos norteños. Es algo especial lo que siento con la música andina. Me gusta escucharla sin siquiera conocerla, la escucho y me pongo a bailar sin siquiera saber cómo hacerlo. A veces me llego a emocionar”. Ya reservó hospedaje en Tilcara, a donde irá el año próximo. “No sé si voy a encontrar algo, pero sé que tengo que estar ahí. Siento que hay algo en ese lugar que tengo que descubrir”, confiesa.

Su curiosidad e incertidumbre necesitan respuestas. Saber quién es, de dónde viene, qué hicieron con ella. El “no” ya lo tiene, dice. Ahora espera y está convencida que su esfuerzo tarde o temprano tendrá recompensa. Lo hace por ella, por su historia y por su hijo, su debilidad. Con la voz y los labios neutralizados por las ganas de llorar, responde: “Completando mi historia, completa la de él. Él también necesita saber si tiene tíos, si tiene primos. El día de mañana cuando yo no esté él va a quedar solo con su familia”.

Laura responde una última pregunta. Daniel también la contestó y dijo que era una persona feliz. Fernando prefirió definirse como un buscador, un tenaz, un utópico. ¿Quién sos, Laura? “Soy la persona que te busca. Tu hija, tu hermana“.

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