SIN SABER A DONDE IR

 SIN SABER A DONDE IR
7 de agosto.
La gente se aplasta contra las paredes de los edificios para evitar ser arrastrada por el viento.

El hombre desgarbado, de barba y cabellos arremolinados, le pregunta al chófer del colectivo que acababa de detenerse.– disculpe, ¿va a la iglesia?-.

-¿No ves el cartel?-. El conductor le indica el papel adherido con cinta scotch al parabrisas. El hombre sube despacio – ¡dale, nene, que estoy atrasado!!- dice el de detrás del volante. El vehículo sale disparado como un bólido hacia su futuro recorrido. El de barba, aferrándose como puede a los pasamanos del transporte, se aproxima al conductor – disculpe – le dice – ¿me podría llevar hasta la iglesia sin cobrarme boleto? -.

Varios de los pasajeros pierden pie, producto de la frenada seca del micro.- ¡Bajate!!- profiere el transportista – ¿vos que querés, que yo también tenga que ir a pedirle laburo a San Cayetano?-.
-Pero-.
-Pero nada, bajate si no querés que te tenga que bajar a patadas -.
Nuevamente sobre la vereda, el hombre sube las solapas de su saco.  Hace frío.
¿Qué hacer en medio de esa ciudad desconocida, llena de gente hostil, agresiva?.
Sabe que es tarde. 
Puede imaginarse a los cientos de desocupados clamando por un milagro. Algún trabajo que les infunda, aunque sea, un poco de esperanza. 
Las cabezas gachas.Los ojos rojos. Las rodillas quebradas sobre el suelo y él, San Cayetano, sin saber a donde ir.

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