La cuestión vital del aborto

El problema del aborto suscita emociones extremadamente fuertes por parte tanto de los partidarios como de los opositores de su despenalización. En la Argentina de 2018, a partir del debate promovido por el presidente Mauricio Macri sobre la cuestión, probablemente no exista un tema que polarice tanto a la sociedad como este: sin embargo, el debate aquí, como en otros países, adolece de graves problemas de argumentación tanto desde el campo partidario como desde el opositor a la despenalización del aborto.

No es inocente hablar de los posicionamientos acerca de la despenalización del aborto, pues este es el punto en discusión. El aborto en sí es un acto al que nadie quiere llegar: los anti-elección no quieren admitirlo bajo ninguna circunstancia y los pro-elección demandan la provisión de educación sexual y elementos anticonceptivos para no tener que hacer uso de él. Nadie pretende que proliferen las “aborteras”, algo que a veces parece ser ridículamente sugerido desde los opositores a la despenalización: a favor de la vida están, obviamente, todos.

Pero el anterior no es el único problema en la definición del problema del aborto: uno igualmente grave es el que suscitan los partidarios de su despenalización cuando advierten que “los abortos van a existir sin importar lo que diga la ley, entonces, ¿para qué penarlos?”. Es asombrosa la manera en que esta deficiente forma de argumentar ha permeado el discurso público: si se reemplaza en la oración precedente la palabra “aborto” por cualquier otra que esté codificada como delito en las leyes, entonces se puede observar que semejante afirmación está lejos de resolver el problema. Por ejemplo, una posible reformulación podría leerse así: “Si van a existir robos sin importar lo que diga la ley, entonces, ¿para qué penarlos?”. Debería estar claro que la discusión tiene que ver con el hecho de que la sociedad busca juzgar moralmente si está bien o mal abortar, algo que no tiene ninguna relación con la cuestión de si el aborto ocurre ni, si lo hace, bajo qué circunstancias.

En unas democracias liberales occidentales que han hecho de la libertad individual su estandarte, el razonamiento para los pro-elección es más bien sencillo: la mujer debe tener derecho a decidir sobre su cuerpo, por lo que puede abortar si lo desea. Según esta línea, si la sociedad ha avanzado en permitir un mayor poder de decisión sobre el cuerpo de uno mismo a través de la legalización del consumo de drogas o de los matrimonios no heterosexuales, ¿por qué no debería suceder lo mismo respecto del aborto? El argumento parece a simple vista persuasivo, pero puede ser problemático: si bien la ampliación de las libertades civiles per se no merece ninguna objeción, y de hecho es fomentada, desde un punto de vista liberal, no ocurre lo mismo cuando detrás de esas libertades se esconde una violación a los derechos de terceros. Y es aquí donde aparece realmente el problema analítico que hay que resolver para juzgar el acto de abortar.

El quid de la cuestión, el corazón del problema del aborto, está aquí: ¿qué es una persona? Si uno se considera liberal, la manera en que se responda esta pregunta debería determinar la respuesta a la pregunta de si el aborto está bien o mal: si existe vida desde la concepción, entonces el aborto implica matar a una persona y es un asesinato; si existe vida desde el nacimiento, entonces el aborto no implica matar a una persona y no es un asesinato. Ahora bien, la pregunta de cuándo comienza la vida no es una que tenga una respuesta dada, y si se alcanza una, es en última instancia a través de una deliberación y no de manera axiomática.

Que definir la “vida” sea arbitrario no significa que no existan hechos que de una manera u otra están relacionados con la vida. Gracias a los avances científicos podemos saber cómo evoluciona un embarazo desde la concepción hasta el nacimiento y, por ejemplo, conocemos los procesos por los que se desarrollan los órganos y los sentidos del bebé a lo largo del tiempo. Sin embargo, esos datos no significan nada si no están interpretados: las sugerencias de que deba ser legal abortar hasta la semana 14, por ejemplo, pueden estar basadas en información científica, pero no parece haber ningún elemento intrínseco que haga que esa información resulte necesariamente en una definición inequívoca de “vida”.

De la misma manera, es tan arbitrario decidir que la vida empieza desde la concepción como decir que empieza en el momento en que óvulos y espermatozoides se producen o una vez que el feto sale del vientre de su madre. Esto no implica que intuitivamente ciertas definiciones suenen ridículas: en efecto, sugerir que cada vez que un hombre se masturba (o cada vez que una mujer menstrúa) está cometiendo un asesinato suena, como mínimo, extraño. ¿Pero por qué no resultaría igual de extraño que un feto de 13 semanas y 6 días no sea una persona, y uno de 14 sí? ¿O por qué no resultaría igual de extraño que un feto no sea una persona cinco minutos antes de salir del vientre de su madre, pero sí cinco minutos después? La “vida” tiene que ser definida, y las definiciones que tenemos de ella no son más que convenciones: el problema es que cada convención puede resultar en un juicio diferente sobre el estatus moral del aborto.

Qué es lo que hace a una persona, como puede intuirse, no es una pregunta fácil de responder. Si de resolver esta cuestión literalmente vital depende el hecho de posicionarse a favor o en contra de la despenalización del aborto, entonces el final de este artículo puede ser decepcionante para quien pensara en encontrar un juicio definitivo sobre el tema; pero en realidad es precisamente la imposibilidad de formular uno lo que hace de este problema uno tan fascinante y complejo. Sí puede sacarse, no obstante, una conclusión sobre la manera en que el debate sobre el aborto se ha desarrollado, y es que la sociedad probablemente debería ejercer un grado de cautela mucho más alto que el que han mostrado los partidarios de ambas posturas a la hora de debatir. Proceder como si estuviera perfectamente demostrado o fuera obvio qué es la vida, tanto para apoyar como para oponerse a la despenalización del aborto, es de una enorme irresponsabilidad.

El autor es politólogo y docente en la Universidad Torcuato di Tella.

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