Por favor véndame humo que lo compro

Hace unos días se conoció que la seguridad de Facebook fue birlada con el objetivo de obtener datos personales de usuarios, de acuerdo a las cifras que se dieron a conocer se accedieron a 50 millones de cuentas. El objetivo perseguido era influir en las elecciones presidenciales de EEUU para favorecer a uno de los candidatos, lo que se conseguía a través de lo que se conoce como “fake news” (noticias falsas), notas creadas al solo efecto de desprestigiar a un candidato, favorecer al otro o crear determinadas condiciones para votar a algunos de ellos (si se publica que en el distrito de “x” el robo creció exponencialmente desde que “x” está a cargo del gobierno se transmite que “x” es un mal candidato por no combatir el delito).

Esta pequeña introducción, porque el asunto es mucho más complejo y atraviesa un sinfín de aristas, me sirve para reflexionar acerca de lo que leemos en las redes sociales y que poco nos importa sus fuentes, es decir de donde o quien produjo la noticia. Desde el comienzo de los tiempos del periodismo un periodista era reconocido popularmente por su credibidad en sus notas y esto hacia que los medios lo contratase porque la gente creía lo que decía con solo escucharlo.

Con el pasar de los tiempos esto muto hacia los medios de comunicación, vale decir: yo escucho, veo o leo a ese medio de comunicación porque le creo lo que dice (advierto que el desarrollo que estoy llevando a cabo no va a tener, ya sea como resultado o como tangente, el tema de la famosa grieta en la sociedad o en el periodismo). Desde este punto de vista busco la página web de determinado diario, me informo y me siento bien con lo que ahora se.

Si bien esto parece una conducta normal y esperable el dilema que plantea es que se puede llegar a perder la capacidad crítica en lo que hace a esa información recibida, me conformo con lo que leo porque le creo a ese medio pero no contrasto esa noticia con medios similares de opiniones distintas con lo que tengo una sola campana de la historia (vaya dicho antiguo que no pierde vigencia). Cuando esta persona empezó a leer con interés los diarios hizo un pequeño ejercicio: tomo dos diarios y leyó la misma noticia para encontrar diferencias, además de lo divertido del juego fueron notables las discrepancias en la opinión de ambos desarrollos. Imagínese de hacerlo en la actualidad.

Mas allá de la anécdota el terreno descripto es fértil para las “fake news”, pues aparece la noticia en la red social a la que soy asiduo y la leo creyéndola y quedándome con esa información, en el mejor de los casos. ¿Por qué en el mejor de los casos? Porque muchas veces solo leo el encabezado y con solo esto luego lo comparto, lo que hace que esa noticia falsa empiece a tomar una relevancia inusitada.

Revisar cada una de las fuentes de las noticias que leemos o escuchamos, corrobar los datos, averiguar por otros caminos si el hecho se produjo o como, todo esto para comprobar la veracidad pura de la noticia, sin ninguna opinión externa, es un trabajo al cual no todos podemos acceder, ya sea por tiempos o por medios a nuestra disposición, es cierto. Ahora, lo que también es cierto es que luego de leer o escuchar algo podemos tomarnos cinco minutos en analizar lo que se nos está transmitiendo para formar una opinión crítica y no “compartir” por compartir lo que nos llega.

Nuestros datos personales se pueden ver comprometidos. Nuestras fotos pueden ser robadas. Nuestros contactos pueden ser espiados. Estamos todos de acuerdo, pero no dejemos que nuestra capacidad de pensar críticamente se vea comprometida por no reflexionar cinco minutos.

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