La poesía en tiempos de vértigo: 6 libros para no dejar pasar

Hay poesía en el mar eufórico que golpea contra las piedras, en el primer llanto de un recién nacido, en la sonrisa de tu esposa, en un patrullero prendido fuego.

La poesía es propietaria del vigor del mundo. En el detalle o en la totalidad, es la ráfaga de intensidad que expone cuán complejo es todo eso que nos rodea. Pero lo hace con simpleza. Porque la poesía no explica, devela. Como idea, la poesía excede lo literario; está en la música, en el cine, en el teatro, en la pintura, en la vida cotidiana. Es la cualidad —así dice una de las acepciones de la Real Academia Española— que suscita un sentimiento hondo de belleza. Aunque también en la fealdad —poetas como Baudelaire, pintores como Goya—, su antítesis.

¿Y como género? ¿Qué es la poesía para este mundo? ¿Cuál es el status que tiene hoy? Las reglas del lenguaje que la sostenían siempre fueron mínimas, pues lo importante era su capacidad de conmover. Con el tiempo se fue quitando el corset de la rima, de la composiciones más rígidas, despojándose. Es cierto que quizás haya quedado relegada a un lugar secundario con la consolidación de la novela como género en los siglos XIX y XX, pero hay que decir que la pregunta sobre su (falta de) masividad expone algo de torpeza: ¿por qué habría de ser masivo algo que, en su capricho esencialmente libertario, renuncia a las pretensiones instrumentales y mercantiles de nuestra época?

“La poesía no quiere adeptos, quiere amantes”, escribió Federico García Lorca. Tal vez no haya que buscarle tanta vuelta. Tal vez haya que leer, dejarse llevar. A continuación, seis libros que valen la pena.

La revolución de terciopelo (EDULP, 2017) de Juan Pablo Bertazza

“La revolución de terciopelo”, de Juan Pablo Bertazza

“Nuestra capacidad de asombro tiene un límite de seguridad. Cruzarlo es, por supuesto, misión de la poesía”, escribe Andrés Neuman en el prólogo de este libro, el quinto poemario de Juan Pablo Bertazza (Buenos Aires, 1983) donde toma por objetivo narrar una ciudad, aunque más que narrarla es desnudarla.

“Estás llegando a Praga / estás cruzando / el umbral de la belleza insalubre”, dice en el primer poema del libro. “Praga es la ciudad / donde tientan los santos / y disuaden las serpientes”, desliza más adelante, y luego: “En Praga la monstruosidad / tiene rostro humano”.

Mientras tanto, de a ratos, aparecen las ilustraciones silenciosas de Pei-Hsin Chen que completan este safari lento que es La revolución de terciopelo. Una caminata estilo flâneur para rodear la metrópoli checa como en espirales, hasta comprender, al menos un poco, su síndrome.

El indio salario (17 grises, 2018) de Carlos Godoy

“El Indio Salario” de Carlos Godoy

Hace tiempo que Carlos Godoy dejó la poesía, sin embargo para quien haya leído su obra podrá ver que en sus novelas, cuentos, incluso sus textos ensayísticos, permanece la llama poética de sus primeros libros. Este año la editorial 17 grises compiló sus poemarios entre 2005 y la actualidad: Prendas (2005), Temporada de vizcachas (2008), Paritarias, (2011), Soy la decepción (2011) y un inédito, el que da título al libro, El indio salario. Causalmente su hit, Escolástica Peronista Ilustrada, no fue incluído aquí.

Lo interesante de este artefacto, amarillo como un globo macrista, es, por un lado la exploración sobre las significaciones del trabajo —que va desde la dignidad hasta la desesperación y la locura—, y por otro la especificidad de la poesía. “Un poema es un problema”, dice un verso, y luego: “El poema dejó de ser divertido. Ahora es furia / inyectada / dirigida a atravesar el éter”. Con el traqueteo y la fortaleza de un obrero, pero también con la ironía y la ligereza de un saltimbanqui, este libro vivifica.

El vacío después (Alto Pogo, 2017) de Leticia Martin

“El vacío después”, de Leticia Martin

La escritura es fuerza de trabajo —intelectual, física, artística, lo que sea— entonces demanda y exige. Leticia Martin escribe. Ensayos, artículos, novelas, poemas. Leticia Martin escribe. Y en ese escribir constante y laborioso expone la especificidad de la poesía: ir hacia adelante como necesidad, commo tortura, como redención.

Por ejemplo: “me deja pedaleando / la poesía / en el barro del que quise salir / en el polvo al que no quiero volver”. Luego: “soñé que escribía / todo el día en mi casa / estaba sola / tomaba mate / no tenía que trabajar”.

Sus versos son breves, sus letras todas minúsculas, pero hay una extensión que invita a seguir. Aunque mojado por las gotas de esta época extraña, El vacío después se incendie. Tiene sol, tiene calle, tiene sexo, pero también una angustia rara, porque no paraliza, sino todo lo contrario —como la poesía—, exige: “después le pusimos un hielo / al té / y nos fuimos caminando / la vida sigue su curso / sin importar qué pase”.

Shibólet (Griselda García Editora, 2018) de Diego Roel

“Shibólet” de Diego Roel

En el décimo libro que publicó Diego Roel —nació en Temperley, Buenos Aires, 1980— se vislumbra un pecho inflado y airoso y una voz que avanza con asombro, con desidia y con énfasis. “El país es un animal que ya no encuentra su alimento. / ¿Cómo podíamos vivir aquí?”, dice en Gierta del tiempo, para luego, en Al otro lado, esgrimir: “La ola se estira hasta alcanzarte: / Dios está más cerca que el buitre ahora”. El camino es trágico, entonces “el poema se escribe con sangre”.

Veinticuatro poemas con una nota final, explicitando el título del libro, Shibólet, sinónimo de contraseña. Pero, ¿para develar qué misterio, para abrir qué puertas si nosotros, el Hombre, yo —como dice Roel— “no tengo hacia dónde ir”?

El gran enero (Dock, 2018) de Felicitas Castillo

“El gran enero” de Felicitas Casillo

La poesía —decía Liliana Bodoc— es también silencio, porque “la palabra poética dice lo que no dice”. Este imposible es posible siempre que se entienda al lenguaje poético como una desviación caprichosa del sendero de la racionalidad y de la instrumentalidad.

En el tercer libro de Felicitas Casillo hay una predisposición a la sensibilidad —que no es lo mismo que sensiblería; de hecho es su opuesto— que se ofrece necesaria. Hay nostalgia (“El arte, ese gesto / que nos quedó del paraíso”), hay amor (“Todos los monstruos que domé / desfilan ahora la música de tus labios”), hay imponderable (“Después volveré a las pantallas que nos absorben”), hay imposibilidad (“Contra el sur que no alcanzo a nombrar, / no pueden competir mis palabras”) y hay esperanza (“Y te asusta, como todo lo maravilloso. / Yo escribo para decirte que todavía estamos a tiempo”).

Desalojo de la naturaleza (Buenos Aires Poetry, 2018), de Juan Arabia

“Desalojo de la naturaleza”, de Juan Arabia

Durante muchos siglos, la humanidad entendió a la naturaleza como su condición originaria y final. Los verdes prados, las imponentes montañas, el desparpajo del clima… el mundo se movía de esa forma. ¿Pero qué se puede decir de la naturaleza después del éxodo rural, la Revolución Industrial y la hiperconexión de internet?

Este libro de Arabia no escapa a la pregunta nostálgica sobre un hábitat que ha mutado. “Nuestros versos necesitan / ser juzgados, / pero en tierras más salvajes”, dice en uno de sus poemas. En otro: “Pero no llueve en tu corazón, / como llueve sobre la ciudad”. Y en otro: “Escuchen cómo / los huracanes helados / ahora emergen del rocío”. Y en otro: “Y como halcones dorados, / seres imperfectos, imprevistos, / enfrentemos la moribunda / condición de la naturaleza”. Un mirada que, como sugiere Víctor Rodríguez Núñez en el prólogo, se trata de “todo eso que no se puede reducir a una explicación y que es el núcleo duro de la poesía”.

 

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